¿Qué fue primero, el árbol o los aguinaldos debajo de él?

Si ya empezó a sonar la cancioncita de Caracol de Navidad, significa que ya podemos hablar en este blog de esta maravillosa temporada de celebración, unión, tradiciones, religiosidad, valores familiares, solidaridad, sentimientos bellos, ah, y, cómo no mencionarlo, CONGESTIONES, FILAS, COMPRAS, REGALOS, COMERCIO, DEUDAS, FACTURAS Y MÁS FACTURAS que se suman para dejarnos empezando el año con los bolsillos aporreados, pero el corazón contento.

 

Ahora bien, si eres de esos GRINCH que critica todo lo que tiene que ver con el comercio y que extraña aquellas épocas doradas en las que la Navidad era pura y solo el amor y la unión y la tradición existían, entonces hay dos opciones: tienes más de 100 años o te estás dejando engañar por la nostalgia, pues LA NAVIDAD que conocemos, simplemente, no existiría sin el comercio.

Así es, aunque desde el año 200 más o menos existe la Navidad como celebración religiosa, hasta el siglo XIX el asunto era bastante soso: una procesión el día de la Inmaculada Concepción, rezar la Novena (que eran apartes de la biblia los que se leían, además de El Rosario), armada del pesebre en las casa para celebrar la llegada de Jesús (en Colombia), Pastorales en Noche Buena (representaciones teatrales del nacimiento de Jesús), buñuelos y viandas y la famosa misa de Gallo.

 

Pero eso del Viejo Noel, los duendes, los árboles de Navidad, las luces, los renos, los duendes, las tarjetas navideñas, los villancicos y los aguinaldos; todo lo que se nos viene a la mente cuando pensamos en Navidad, es producto del comercio y no al contrario, es decir, no es que el comercio se haya aprovechado de la temporada, no, fue que él se la inventó, con personajes e íconos, y, como pueden imaginarlo, no fue el comercio criollo, sino el anglosajón, el creador de todo:Nuestra Navidad, la que vivimos en los Centros Comerciales, en las calles y hasta en las casas, es producto de la unión de norteamericanos, ingleses, alemanes y holandeses; claro, más el pesebre colombiano, que no puede faltar.

 

El árbol de Navidad, por ejemplo, parece haber sido usado primero por los alemanes, como un gesto para darle “calidez” a sus ambientes durante el invierno, que se fue popularizando por Europa hasta llegar al castillo de la Reina Victoria y de allí a una famosa revista en Estados Unidos, llamada Godey´s Lady´s Book, en la que se publicó una ilustración de la familia de la Reina alrededor de su árbol. Nada habría pasado si no fuera porque los almacenes por departamentos, recién nacidos, vieron en la idea del árbol una fantástica oportunidad para decorar sus tiendas, y porque el creador de Woolworth (sí, otra tienda por departamentos), alemán, vio la oportunidad de producir en masa las bolitas decorativas para el árbol y así permitir que todos los hogares tuvieran el suyo tan decorado como el de la mismísima reina.

 

Y ya que las tiendas estaban en aquello de decorar por la temporada para atraer clientes, aprovecharon para incentivar las ventas con el asunto de los regalos, ¿pero cómo justificarlo? La leyenda de San Nicolás, el santo que daba regalos, era perfecta, así que la adoptaron; pero esta no era, en sus inicios, la del viejo bonachón de barba blanca y traje rojo, sino más bien la de un duende, también viejo, pero contrahecho, que se usaba para atraer a los niños a las tiendas.

 

Fue Coca Cola, preocupada porque sus bebidas estaban asociadas con el verano en la mente de los consumidores, la que vio la necesidad de apropiarse del invierno y decidió, en 1931, lanzar con todas las fuerzas del mercadeo de la época, su querido personaje. Con él llegó el polo norte y la nieve, que incluso adorna nuestras vitrinas tropicales. Pero Santa necesitaba Renos, y, no, no los traía incluidos. Rudolf, nuestro querido reno de la nariz roja, fue creado por Montgomery Ward, otro almacén por departamentos, en 1939: para aumentar las ventas de temporada decembrina, habían adquirido la tradición de regalar libros para los niños. Ese año, no obstante, le pidieron a uno de sus copywriters que escribiera él el libro, así ahorrarían costos. Y, quién lo creyera, dieron nacimiento al más famoso reno, que después adoptó General Electric, quien compró los derechos para hacer la película.

 

Pero a todas estas, aunque la Navidad que conocemos sea hija del comercio, la verdad es que la Navidad se acerca y como marca debemos sacarle el mejor provecho, porque sabemos que en esta temporada las compras se disparan. ¿Cómo lograrlo? Te compartimos algunos consejos:

  1. Recurre a las emociones navideñas (estas son festivas, felices, alegres): La mayoría de la gente afirma sentirse feliz durante las festividades, aunque haya excepciones, por supuesto, pero concéntrate en la mayoría y asegúrate de que el contenido que crees para tus clientes refleje esas emociones positivas, en el tono, en la forma, en los colores, en TODO.
  2. Despierta expectativa: como los niños, que ansían la llegada del niño Dios o de Santa, aprovecha la temporada para anunciar promociones o sorpresas, pero no las digas de una vez, de manera que tu público pueda anticiparse a ellas, que se emocione con la espera, que reviva esa ilusión de la infancia.
  3. Ponle fecha de caducidad a tus campañas navideñas: sí, tal como con la temporada, que termina, tus promociones y campañas deben terminar, así todavía tengas inventario. Ya después verás que nueva campaña te inventas, pero cierra la navideña, que si da angustia ver decoraciones de temporada en octubre, es peor verlas al finalizar enero, cuando uno ya tiene la tuza decembrina en pleno y está pagando deudas.
  4. Ahora bien, ¿quieres hacerte notar en medio de todos los que están hablando al mismo tiempo y que también quieren hacerse notar? Tal vez la estrategia no sea hablar más duro ni poner más decoración ni gastar más dinero en la vitrina ni conseguir un DJ más costoso que haga más ruido, tal vez lo que necesites sea hablarle al oído a tus clientes. Esta temporada es excelente para aplicar estrategias de personalización y microsegmentación, para hablar de tú a tú con los clientes, para llamarlos por el nombre y darles aquello que necesitan, que buscan, que desean. Para demostrarles que, contagiado por el espíritu de la Navidad, te interesas por ellos y quieres demostrarles tu afecto.

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